








Esta magnífica finca de 260 hectáreas fue en su día el lugar de recreo de David Kennedy, décimo conde de Cassillis, un hombre deseoso de impresionar con su riqueza y estatus. De una opulencia extrema, el parque está plantado con coníferas y hayas, se extiende a lo largo de kilómetros de costa arenosa salpicada de cuevas y se completa con un estanque de cisnes, una nevera, exuberantes jardines formales e invernaderos repletos de frutales.